El corsario rojo
El corsario rojo —Comparte, quizás, el error general sobre el carácter del hombre que busca.
—¿En qué se equivoca?
—Suponiendo que encontrara a un pirata corriente, grosero, rapaz, ignorante, inflexible como los otros…
—¿Qué otros, señor?
—Iba a decir los otros individuos de su clase; pero un marino como ése al que nos hemos referido es el cabecilla de su profesión.
—Le daremos, pues, el nombre bajo el cual es conocido, señor Wilder, el de Corsario. Pero, dÃgame, ¿no es extraño que un capitán tan mayor, tan experimentado, venga a navegar a estos mares casi desiertos para buscar un barco que por su oficio debe estar en otros parajes más frecuentados?
—Puede haberle visto a través de los estrechos que separan las islas, y haberse dirigido a continuación tras la ruta que le haya visto tomar.
—Es posible —respondió el Corsario con profunda reflexión—. Los excelentes marinos de usted saben calcular las probabilidades de los vientos y de las corrientes, tan bien como el pájaro encuentra su camino en el aire; pero todavÃa les falta la descripción del navÃo que él persigue.
—Es posible que haya obtenido esa información.