El corsario rojo

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En tanto que Wilder daba esta respuesta, bajó los ojos a pesar de todos sus esfuerzos por evitarlo, al no poder soportar la mirada penetrante que encontraron.

—Muy posible —dijo el Corsario—. En efecto, no sólo me ha dado a entender que tiene un agente que sabe los secretos del enemigo, sino que ha ido más lejos aún, pues prácticamente me lo ha confesado, y ha reconocido que su esperanza de triunfo depende del talento de ese individuo y de las informaciones que recibe; ya que tiene, sin duda, medios especiales por los que sabe acerca de todos y cada uno de sus movimientos y por los que se vale igualmente para comunicarse.

—¿Ha dicho su nombre?

—Sí.

—¿Cuál es?

—Enrique Arca, de otro modo sería Wilder.

—Es inútil tratar de negarlo —dijo nuestro aventurero levantándose con un aire de soberbia bajo el que trataba de ocultar la sensación poco agradable que realmente experimentaba—, veo que usted me conoce.

—Como un traidor, señor.

—Capitán Heidegger, está seguro aquí valiéndose de esos términos injuriosos.

El Corsario hizo un violento esfuerzo para dominar la cólera que se levantaba en él, y este esfuerzo tuvo resultado, pero no sin que salieran de sus ojos al mismo tiempo exhalaciones del más amargo desprecio.


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