El corsario rojo
El corsario rojo —Comunicará también este hecho a sus superiores —dijo con una insultante ironÃa—. Les dirá que el monstruo de los mares, el que saquea a los pescadores sin defensa, quien devasta las costas sin protección y que huye al pabellón del rey Jorge, como las serpientes se refugian en sus guaridas al oÃr los pasos del hombre, puede decir su forma de pensar con seguridad en su propio camarote, a la cabeza de ciento cincuenta piratas. Quizá sepa también cómo respira en el ambiente de mujeres pacÃficas y amigas de la paz.
Pero el primer movimiento de sorpresa del objeto de sus sarcasmos habÃa pasado, y ni la cólera podrÃa hacerle replicar con aspereza, ni el temor le hacÃa bajar a los ruegos. Cruzando los brazos con calma, Wilder respondió sencillamente:
—He corrido ese riesgo con el fin de librar el océano de un azote que ha hecho fracasar todas las otras tentativas que se han llevado a cabo para exterminarle. SabÃa a lo que me exponÃa, y la suerte que me espera no me hace temblar.