El corsario rojo
El corsario rojo —Muy bien, señor —respondió el Corsario golpeando de nuevo el gong con un dedo que parecÃa tener la fuerza de un gigante—. Que el negro y su compañero sean encadenados, y que no se les permita, bajo ningún pretexto, tener comunicación de viva voz o por signos con el otro barco. —Después de la marcha del verdugo que llegó al primer sonido de una llamada que conocÃa perfectamente, se volvió hacia el individuo firme e inmóvil que se mantenÃa de pie ante él—. Señor Wilder —prosiguió—, la sociedad en la que he sido tan traidoramente insinuado está sometida a una ley que le condenarÃa, a usted y a sus miserables cómplices, a ser ahorcados en el palo mayor en el instante en que su perfidia fuese conocida por los mÃos. No tengo nada más que abrir esta puerta y proclamar la naturaleza de su traición, para ponerle a merced de mi tripulación.