El corsario rojo
El corsario rojo —¡Usted no hará nada!, ¡no, usted no hará nada! —gritó a su lado una voz que hizo vibrar todos sus nervios—. Usted ha roto todos los lazos que unen al hombre con sus semejantes, pero la crueldad no es un sentimiento innato en su corazón. En nombre de los recuerdos de los tiempos más felices de su juventud, en nombre del cariño y de la piedad que vigilaron su infancia, en nombre de ese ser poderoso que lo sabe todo y que sufre si se le arranca impunemente un solo cabello a un inocente, yo le suplico que reflexione antes de que se exponga usted a tan terrible responsabilidad. ¡No, usted no será tan cruel, no podrá, no se atreverá a serlo!
—¿Qué suerte nos esperarÃa a mà y a mis compañeros, cuando terminase ese pérfido proyecto? —preguntó el Corsario con voz ronca.
—Las leyes de Dios y la de los hombres están para eso —respondió la institutriz que bajó los ojos al encontrarse con la mirada severa del Corsario, quien la sostuvo con intrepidez—; es la razón la que le habla por mi voz, y sé que la gracia intercede por él en su corazón. La causa, el motivo, justifica la conducta de este hombre, y la suya no puede encontrar excusas en ninguna de las leyes divinas ni humanas.