El corsario rojo
El corsario rojo —Basta, señora, mi decisión fue tomada desde el primer instante, y ni las advertencias ni el temor por lo que sucediera pueden hacer que la cambie. Señor Wilder, es usted libre. Si no me ha servido con tanta fidelidad como yo esperaba, al menos me ha dado en el arte de la fisonomÃa una lección que me hará más sabio para el resto de mi vida.
Wilder continuó de pie, humillado, y condenado por su propia conciencia. El dolor de su alma se notaba fácilmente en sus rasgos, que no trataban de disimularlo, y que expresaban la vergüenza y el disgusto más profundo. Sin embargo su lucha interior duró muy poco.
—Tal vez usted no conoce en toda su extensión mi plan, capitán Heidegger —dijo—; comprendÃa la pérdida de su vida, y la destrucción o la dispersión de su tripulación.
—Obrar asà es conforme a los usos establecidos entre esos hombres que, investidos del poder, se complacen en oprimir a los demás. Váyase, señor; vaya a bordo del barco que le conviene, le respeto como si fuera libre.
—No puedo abandonarle, capitán Heidegger, sin unas palabras con las que me justifique su postura.
—¡Qué!, ¿el pirata perseguido, denunciado, condenado, puede dar una explicación? ¿Su opinión es necesaria a un virtuoso servidor de la corona?