El corsario rojo
El corsario rojo —¡De caballero! —repitió el sastre en una especie de éxtasis.
—SÃ, de caballero —repitió el extranjero con gran sangre frÃa—, de ilustre y honorable caballero ¿Cuál es el nombre que sus padrinos le dieron al bautizarle?
—Mi nombre, noble señor, es Héctor.
—¿Y la casa, el tÃtulo distintivo de la familia?
—Se nos ha llamado siempre Homespun.
—¡Sir Héctor Homespun!, he aquà un nombre que resonará más que ningún otro; pero para asegurar esas recompensas, mi amigo, es necesaria mucha discreción. Admiro su perspicacia, y me rindo a sus argumentos invencibles; ha demostrado de una forma tan palpable la justicia de sus sospechas, que estoy tan seguro que ese barco es el del Corsario, que le veo pronto llevando las espuelas, y oÃrle llamar sir Héctor: esto son dos cosas fijas por igual en mi espÃritu; pero es necesario que en esta ocasión obremos con prudencia. ¿Le he oÃdo decir que no ha dicho a nadie el resultado de sus ingeniosas observaciones?
—A nadie. Incluso Tape está dispuesto a jurar que la gente de la tripulación son unos honrados negreros.