El corsario rojo
El corsario rojo —Perfecto. Primero es necesario que estemos seguros de nuestras sospechas, y después pensaremos en la recompensa. Venga a buscarme esta noche, a las once, allá abajo; haremos las observaciones oportunas, y aclaradas las dudas, hablaremos por la mañana, y nuestras palabras resonarán desde la colonia de la bahÃa hasta las posesiones de Oglethorpe. Separémonos hasta entonces, ya que no es conveniente que nos vean más tiempo hablando. Acuérdese bien de mis recomendaciones. Silencio, exactitud y favor del rey, ésa será nuestra contraseña.
—Adiós, honorable señor —dijo el sastre con una reverencia que llegó casi a tocar tierra, mientras que su compañero llevaba ligeramente su mano al sombrero.
—Adiós, sir Héctor —respondió el extranjero de levita verde con una débil sonrisa y haciendo un saludo con la mano. Subió entonces lentamente por el muelle, y desapareció por detrás de la casa de Homespun, dejando al jefe de esta vieja familia, como a muchos de sus antepasados y sin duda de sus descendientes, absorbido de tal forma en el pensamiento de su grandeza futura y tan ciego por su alegrÃa, que aunque fÃsicamente veÃa perfectamente, los ojos de su alma estaban completamente oscurecidos por los humos de la ambición.