El corsario rojo
El corsario rojo —¡Oh!, eso no puede servir de gran cosa por el momento, —respondió Fid, que seguía con mucho valor el ejemplo de Wilder, y aprovechando que sus brazos estaban libres para quitarse la cuerda que le molestaba la respiración, sin prestar atención al movimiento que varios de sus verdugos hicieron para impedirlo, pero que fueron contenidos por una mirada de su jefe—, empezaré por deshacerme de esta cuerda, porque no es ni seguro ni decente para un ignorante como yo embarcarse en un mar desconocido ante su oficial. El collar no es más valioso que el de un perro, y pueden verlo en el brazo de Guinea, era guardado por un hombre del que difícilmente podría pensarse que lo tuviera.
—Lea —dijo la institutriz cuyos ojos se cubrían por una nube de lágrimas—, lea —añadió mostrándole con mano temblorosa al capellán la inscripción que había marcada en la placa.
—¡Dios santo!, ¡qué veo! ¡Neptuno, pertenece a Pablo de Lacey!
Un grito agudo escapó de los labios de la institutriz; sus manos se elevaron un instante hacia el cielo, como para dirigir a él el tributo de agradecimiento que oprimía su corazón; después volviendo en sí, apretó cariñosamente a Wilder contra su pecho, mientras que gritaba con el sentimiento irresistible de la naturaleza: