El corsario rojo

El corsario rojo

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Cuando las últimas palabras de la que suplicaba se disiparon en los aires, reinó en el barco un silencio que se hubiera podido comparar con la calma religiosa que se apodera del alma del pecador cuando ésta se abre a mejores sentimientos. Los huraños piratas se miraron unos a otros indecisos, la naturaleza se manifestaba hasta en sus rasgos duros e insensibles. Sin embargo, el deseo de venganza estaba demasiado fuertemente arraigado en sus corazones como para desaparecer a las primeras palabras, y el resultado hubiese sido dudoso, si un hombre no hubiera dicho en medio de ellos, que nunca había dado una orden inútilmente, y que sabía calmar o excitar el furor de ellos a voluntad. Durante medio minuto miró a su alrededor, el círculo se ensanchaba cada vez más ante una mirada que tenía una expresión como nunca habían visto aquellos que estaban bajo sus órdenes. Sus rasgos eran tan pálidos como los de la desesperada madre. Tres veces sus labios se abrieron sin que saliera ninguna palabra de su boca. Finalmente la multitud atenta y sin apenas resollar, oyó una voz en la que al tono del comandante se mezclaba una profunda emoción.

—¡Dispersaos! —dijo haciendo con la mano un gesto que no daba lugar a dudas—; conocéis mi justicia, pero sabéis también que quiero ser obedecido. ¡Mañana conoceréis mi voluntad!


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