El corsario rojo
El corsario rojo Esta llamada a la ofendida dignidad de la asamblea causó efecto, y se levantó un murmullo general. Escipión, que en nada cambió de opinión y que la había defendido a su manera contra todo el que intentó combatírselo, no tuvo valor para resistir tan evidentes demostraciones como se le hacían de que estaba de más en la sala. Sin decir una sola palabra en su propia defensa, cruzó los brazos y salió de la taberna con la sumisión y suavidad de un ser que ha pasado mucho tiempo sumido en la humildad para poder ofrecer resistencia. Fid, que se encontraba ahora, inesperadamente, privado de su defensor, dio grandes voces para llamarle, y procuró hacerle volver; pero viendo que no lo conseguiría, llenó su boca de tabaco de mascar y siguió maldiciendo contra el africano.
El triunfo del contramaestre fue entonces completo, y no se escatimaron en nada las felicitaciones.
—Señores —dijo con más aire de importancia que antes, dirigiéndose a tan singular auditorio que le rodeaba—, ustedes ven que la razón es como un barco que rompiendo el agua directamente con la boneta por ambos lados no se preocupa de más. Yo detesto, oídme bien, detesto hacerme valer, y no sé quién es ese camarada; pero lo que sí sé es que no encontrará entre Boston y las Indias occidentales un hombre que sepa mejor que yo cómo hacer navegar a un barco o cómo se ha de cubrir, siempre que yo…