El corsario rojo
El corsario rojo Nightingale se quedó cortado como si de pronto hubiera perdido la palabra, y sus ojos se vieron atacados por una especie de encantamiento producido por la persistente mirada del extranjero, que entonces se habÃa unido a la gente que le rodeaban.
—Quizá —dijo al fin el contramaestre, olvidando la frase que habÃa comenzado ante la visión inesperada de un hombre cuya mirada, fija sobre él, era tan imponente—, quizás este señor tenga algún conocimiento sobre el mar y podrÃa decidir el punto en cuestión.
—Nosotros no estudiamos la táctica naval en las universidades —dijo el extranjero con tono desenvuelto—, pero diré que por lo poco que he oÃdo, yo serÃa de la opinión de huir muy, muy velozmente, ante el viento.