El corsario rojo
El corsario rojo Pronunció estas palabras con un énfasis que podía hacer dudar si lo que pretendía no era jugar con las palabras; tanto más cuanto que puso sobre la mesa lo que debía, y dejó también el campo libre a Nightingale. Este, después de una breve pausa, volvió a su relato; pero, por cansancio o bien por otra causa cualquiera, era fácil notar que su tono no era tan perentorio como antes, y que el narrador abreviaba. Cuando acabó, más o menos bien, su historia y su ponche, se dirigió a la playa, donde una barca le recogió para llevarle a bordo del barco, que durante todo este tiempo no había dejado de ser objeto de atención tan particular del honrado Homespun.
Entretanto el extranjero había proseguido su camino por la calle principal del pueblo. Fid había logrado alcanzar al desconcertado negro y refunfuñando mientras caminaba, permitiéndose más de una observación poco cortés sobre los conocimientos y pretensiones del contramaestre. Le alcanzó y pagó entonces su malhumor con el pobre Escipión, a quien dirigió las más grandes injurias por haberle abandonado en el momento en que estaban a punto de hacer fracasar a su adversario.