El corsario rojo
El corsario rojo Divertido sin duda por las rarezas de estos dos seres tan singulares, o tal vez dejándose llevar de su humor caprichoso, el extranjero siguió sus pasos. Una vez alejados de la playa subieron una colina; y en este momento el abogado, por conservar el nombre que él mismo se habÃa dado, estuvo a punto de perderlos de vista, y más porque en aquel lugar, la calle, o mejor dicho, la carretera, torcÃa, y ellos habÃan pasado incluso los suburbios del pueblo. Aceleró el paso y tuvo la satisfacción de ver a los dos amigos sentados junto a un seto unos minutos después de que creyera haberles perdido de vista. Estaban haciendo una ligera comida con las provisiones que tenÃan en un pequeño saco que el blanco habÃa llevado bajo el brazo. El abogado se aproximó a ellos.
—Si ustedes sacan tanto, y con tanta facilidad, del saco, amigos mÃos, vuestro tercer compañero podrÃa acostarse en ayunas.
—¿A usted quién le ha llamado? —gritó Dick, apartando la cabeza de su hueso con una expresión muy semejante a la de un gran dogo cuando se le molesta en un momento tan importante.
—Yo quisiera simplemente deciros que tenéis otro comensal —repuso cortésmente el extranjero.