El corsario rojo
El corsario rojo —¿Quieres un trozo, compañero? —dijo Fid presentándole el saco con la generosidad de un marino, cuando pensó que era una forma indirecta de reclamar una parte del festÃn.
—Usted no me ha comprendido aún. En el muelle tienen a otro compañero.
—SÃ, sÃ, él está allà lejos, observando ese pequeño faro, que está bastante mal situado, a menos que quiera mostrar la ruta a los atalayes de bueyes y a los mercaderes del interior; allà abajo, señor, donde usted ve ese montón de piedras que casi parecen zozobrar.
El extranjero miró en la dirección que le indicaban y vio al joven marino, al que habÃa querido hablar, al pie de una vieja torre algo consumida por el tiempo, y que estaba a poca distancia del lugar en que él se encontraba. Entregando un puñado de calderilla a los dos marinos, les deseó un buen almuerzo y pasó al otro lado del seto, con la aparente intención de observar las ruinas.
Era una torre pequeña, circular, que se elevaba sobre gruesos pilares unidos por arcos, y habÃa podido ser construida en principio para servir de plaza fuerte, aunque es mucho más probable que se tratara de un edificio de naturaleza más pacÃfica.