El corsario rojo

El corsario rojo

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Acercándose, el extranjero de levita verde dio un ligero golpe con el bastón en su bota, para atraer la atención del joven marino que parecía sumido en profundas meditaciones, y le abordó de la siguiente forma:

—Esta ruina no estaría mal —dijo con tono resuelto—, si estuviera cubierta de hiedra, y si estuviese situada junto a un bosque desde donde se la pudiera contemplar por una abertura hecha con ese fin; pero, perdóneme, a los hombres de su profesión les inquieta poco todo esto. ¿Qué les importan los bosques y tan augustas ruinas? ¡He ahí la torre! —mostrando los grandes mástiles del barco que estaba en la bahía exterior—, ¡ésa es la torre que usted debe contemplar, y las únicas ruinas que existen para usted, esto es un naufragio!

—Parece usted muy al corriente de nuestros gustos, señor —respondió fríamente el joven.

—Es puro instinto, pues ciertamente he tenido muy pocas ocasiones de instruirme con relaciones directas de algún miembro de ese cuerpo, y no me parece que deba ser mucho más afortunado en este momento. Seamos francos, amigo mío, y hablemos sin enfadarnos: ¿qué ve en este montón de piedras que pueda atraer durante tanto tiempo su atención en torno al noble y hermoso barco que considera tan atractivo?

—¿Es sorprendente que un marinero que no tiene empleo contemple un barco que encuentra de su gusto, quizá con la intención de pedir en él trabajo?


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