El corsario rojo
El corsario rojo —Su comandante habrÃa perdido la cabeza si rechazara tan fabulosa oferta; pero parece usted demasiado instruido para ocupar un berth secundario.
—¡Berth! —repitió el muchacho fijando de nuevo sus ojos con singular expresión en el extranjero.
—SÃ, berth. ¿No es éste el término marinero para su puesto o clase? Nosotros, los abogados, no conocemos mucho vuestro vocabulario; pero con respecto a esta palabra no creo correr el riesgo de equivocarme. ¿Tendré el placer de recibir su asentimiento?
El muchacho se sonrió; y como si esta ocurrencia hubiese roto el hielo, sus modales perdieron mucho de la sequedad anterior durante el resto de la conversación.
—Es tan evidente —respondió—, que usted ha estado en el mar, como lo es que yo he estado en la escuela. Puesto que uno y otro hemos tenido esa dicha, seamos generosos y dejemos de hablar en parábolas. Por ejemplo, ¿para qué cree que servirá esta torre antes de convertirse en ruinas?
—Para poder juzgar —respondió el extranjero de levita verde—, hay que examinarla más de cerca. Subamos.