El corsario rojo
El corsario rojo Cuando dijo estas palabras, el abogado subió, en efecto, por una escalera medio destruida, y pasó por una trampa abierta. Su compañero se dispuso a seguirle; pero cuando vio que el otro le esperaba en lo alto de la escalera y con el cuidado de indicarle que faltaba un escalón, se lanzó junto a él y trepó con la agilidad y seguridad propias de su profesión.
—¡Aquí estamos! —gritó el extranjero examinando los muros que estaban hechos de piedras tan pequeñas e irregulares que parecían no sostener nada—; un buen suelo de roble para tilla, diría, y el cielo por tejado, como nosotros decimos en nuestras universidades. Ahora hablemos de las cosas de este bajo mundo. ¡Ah!… ¡Ah!… He olvidado cómo me ha dicho que se llama.
—¡Wilder! Es un nombre que, según creo, no va con su carácter. Otros hijos del mar no han sido generalmente menos salvajes, aunque tiene el aspecto de ser a veces poco constante en sus gustos. Cuántas bellezas ha dejado suspirando entre cunas de hierbas y llorando su ingratitud, mientras que trabajaba, ésta es la palabra, creo, el vasto océano entre las saladas olas.
—Hay pocas personas que suspiren por mí —respondió Wilder con aire pensativo, aunque empezó a encontrar un poco largo el interrogatorio hecho con tanta libertad—. Continuemos, si le parece bien, nuestro reconocimiento de la torre. ¿Para qué cree que servirá?