El corsario rojo

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—Estoy tan convencida, señora, de que la agradable temperatura de esta isla será beneficiosa a mi joven alumna, que prescindiendo de cualquier otra consideración, personalmente estoy dispuesta a hacer cuanto esté en mi mano para satisfacer sus mejores deseos.

Mistress Wyllys hablaba con dignidad, y quizás un poco con la reserva que reina necesariamente entre la rica y noble tía y el aya dependiente y asalariada de la heredera de su hermano; sus ademanes estaban llenos de gracia, y su voz, como la de su pupila, dulce y muy femenina.

—Podemos, pues, considerar la victoria un hecho, como decía mi marido el contraalmirante. El almirante De Lacey, mi querida mistress Wyllys, adoptó oportunamente una máxima que dirigió siempre su conducta, y fue lo que le hizo conseguir la fama de que gozaba en la marina; esa máxima dice que «para triunfar hace falta desearlo».

Mistress Wyllys se volvió hacia su alumna en un tono que no tenía nada de violencia:

—Gertrudis, querida amiga, tú quisieras volver a esta isla encantadora, cerca de estas deliciosas brisas…

—Y sobre todo cerca de mi tía —exclamó Gertrudis—. Yo quisiera poder persuadir a mi padre para dejar sus posesiones de Carolina, y venir al norte para residir en él todo el año.


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