El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Y yo le digo que quien nace mingo, muere mingo —contestó el otro, sin titubear—. ¡Un mohawk! No, dame un indio delaware o mohicano, por su honradez; y a la hora de luchar, sólo desisten aquellos que se dejarÃan humillar por sus enemigos, los maquas… ¡pero si luchan, los delaware y los mohicanos son auténticos guerreros!
—Basta de tales asuntos —dijo Heyward, impacientándose—; no quiero discutir más acerca del carácter de alguien que conozco, y que para usted es un extraño. Aún no ha contestado mi pregunta: ¿a qué distancia nos encontramos del puesto principal de Edward?
—Parece más bien que eso dependerá de quien les guÃe. Cualquiera pensarÃa que un caballo como el suyo podrÃa cubrir muchÃsimo terreno entre el amanecer y la puesta del sol.
—No deseo intercambiar palabras banales con usted, amigo —dijo Heyward, atenuando la acritud de su estado de humor y hablando más suavemente—. Si tiene la bondad de decirme cuánta distancia hay, y nos lleva hasta allÃ, su labor será recompensada.
—Y si acepto, ¿cómo sabré que no estoy ayudando a un enemigo, a un espÃa de Montcalm, a adentrarse en una fortaleza del ejército? No todo el que hable inglés tiene que ser necesariamente un súbdito honrado.