El último de los Mohicanos

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Heyward accedió a cumplir con el cometido que se le había asignado, aunque no sin mostrar su disconformidad con la naturaleza del mismo. No obstante, cada momento que pasaba le hacía ver con más claridad lo peligroso de la situación y la gran responsabilidad que tenía contraída. El sol ya se había ocultado, y los bosques, desprovistos de su luz[10], adoptaron un tono cenizo, lo cual le hizo recordar que se aproximaba la hora más propicia para que los salvajes lleven a cabo sus despiadados actos de venganza y barbarie. Estimulado por tales preocupaciones, dejó al explorador, que comenzó a entablar conversación en voz alta con el desconocido que de manera tan poco formal se había sumado al grupo de viajeros aquella mañana. Al pasar por donde se encontraban sus delicadas compañeras de viaje, Heyward se alegró de ver que, aunque fatigadas por la travesía, no parecían sospechar de nada malo, e interpretaron lo ocurrido como un contratiempo fortuito. Haciéndoles creer que iba a consultar acerca de la ruta que debían seguir, espoleó al corcel y, tras recorrer unos metros, volvió a tirar de las riendas, aproximándose al lugar en el que aún esperaba el correo indio, apoyado sobre el arbolillo.

—Como puedes ver, Magua —le dijo, adoptando un aire de confianza y naturalidad—, la noche se cierne sobre nosotros, y estamos tan lejos de William Henry como lo estuvimos esta madrugada, al abandonar el campamento de Webb.


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