El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Justo cuando sus enemigos, aullando salvajemente y tras saltar por encima de las rocas negras que les separaban de ellos, consiguieron acercarse a escasos metros de distancia, el fusil de Ojo de halcón se elevó lentamente por encima de los arbustos y descargó su fatal contenido. El indio más adelantado se estremeció como un ciervo moribundo y cayó de cabeza por los acantilados de la isleta.
—¡Ahora, Uncas! —gritó el explorador, sus ojos encendidos de furia mientras extraía su largo cuchillo—. ¡Encárgate del último de esos ruidosos demonios; nosotros ya nos entenderemos con los otros dos!
Uncas le obedeció, quedando así sólo dos enemigos a batir. Heyward le había dado una de sus pistolas a Ojo de halcón, y juntos avanzaron rápidamente por una pequeña pendiente hasta donde se encontraban sus enemigos; ambos dispararon a la vez, e igualmente a ambos les fallaron sus piezas.
—¡Lo suponía! ¡Ya se lo advertí! —refunfuñó el explorador, lanzando el pequeño implemento a las aguas con desdeñoso desprecio—. ¡Vamos, malditos perros del infierno! ¡Os enfrentáis a un hombre de pura raza!