El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —De entre todas las armas —comenzó diciendo—, el fusil largo, de cañón estriado y metal atemperado, es la más peligrosa de todas cuando la manejan unas manos diestras; aunque un brazo fuerte, un ojo rápido y un buen criterio a la hora de cargar son suficientes para sacar a relucir sus virtudes. Los armeros apenas demuestran tener buen conocimiento de su oficio cuando hacen armas de caza y carabinas cortas para la caballerÃa.
Uncas le interrumpió con uno de sus expresivos gemidos.
—¡Ya los veo, muchacho! ¡Ya los veo! —reconoció Ojo de halcón—. Se están reuniendo para el asalto, de lo contrario mantendrÃan sus escuálidas espaldas por debajo de las ramas. Bien, dejémosles —añadió mientras comprobaba su fulminante—. ¡El hombre que les guÃa se acerca a una muerte segura, aunque fiera el mismÃsimo Montcalm!
En ese momento el bosque se vio inundado de nuevo con un estruendoso mar de voces que chillaban frenéticamente, sirviendo esto de señal para que cuatro de los salvajes se lanzaran desde las ramas. Heyward sintió un incontenible deseo de salir a hacerles frente, en medio del angustioso delirio de aquel momento, pero el sano ejemplo del explorador y Uncas le frenaron.