El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos En medio de toda esta confusión, se elevó un grito triunfante a escasos metros de la camuflada puerta de la cueva. Heyward abandonó toda esperanza, tomándolo como la señal de que habían sido descubiertos. Pero de nuevo recobró la fe al oír que las voces se reunían cerca del lugar en el que el hombre blanco había dejado su carabina. Entre las jergas que pudo oír con claridad le fue fácil distinguir palabras, y hasta secuencias gramaticales completas, del lenguaje patois de los indios del Canadá. Un conjunto de voces había estallado al unísono, diciendo: «¡La Longue Carabine!», cuyo eco resonó por todo el contorno. Heyward reconoció el nombre como el que era utilizado para hacer referencia a un célebre cazador y explorador por parte de los enemigos de éste. Ahora, por primera vez, se dio cuenta de que el explorador que había prestado sus servicios a los ingleses era el hombre que les había acompañado.
—¡La Longue Carabine! ¡La Longue Carabine! —fue la frase que iba pasando de boca en boca, hasta que todo el grupo parecía aglutinarse alrededor de un trofeo que certificaría la muerte de su formidable propietario. Tras unos momentos de ruidoso debate salpicado de salvajes estallidos de júbilo, se separaron de nuevo para buscar el cadáver del enemigo cuyo nombre entonaban en alto; Heyward pudo entender de su discurso que pretendían encontrarlo oculto en alguna parte de la isla.