El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Acaso los rostros pálidos quieren menos a sus hijos de noche que de dÃa? —preguntó el indio con frialdad.
—Claro que no —contestó Heyward, deseoso de corregir su error, si es que hubo alguno—. El hombre blanco puede olvidar con frecuencia el lugar de reposo eterno de sus antepasados, y en ocasiones puede olvidarse de los que ama y ha prometido cuidar, pero el afecto entre un padre y un hijo no se pierde nunca.
—¿Entonces el jefe de cabellos blancos será blando de corazón y pensará en los retoños que su mujer le ha dado? ¡Es duro con sus guerreros, y su mirada es de piedra!
—Se muestra severo con los ineptos y los malvados, pero para los honorables y sinceros es un lÃder justo y humanitario. He conocido a muchos padres buenos y tiernos, pero jamás he conocido un hombre cuyo corazón fuera más blando con respecto a sus hijos. ¡Has visto al hombre canoso ante sus guerreros, Magua, pero yo he visto cómo se le humedecÃan los ojos al hablar de las niñas que tienes en tu poder!