El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Heyward hizo una pausa, ya que no supo interpretar la indescriptible expresión que se formó en el rostro fibroso del indio. En un primer momento parecÃa que el recuerdo de la prometida recompensa le iba a hacer vibrar de alegrÃa, a la vez que los sentimientos paternales de los blancos actuaban como garantÃa de la misma; pero a medida que proseguÃa Duncan, esta expresión de felicidad se tomó en una de extrema apariencia malévola, un gesto que no podÃa proceder de otro sentimiento que no fuera la más siniestra de las avaricias.
—Vete —dijo el hurón, suprimiendo el terrible gesto mediante una mirada tan vacÃa como la de un cadáver—, ve y dile a la muchacha de cabellos negros que Magua quiere hablar. El padre recordará lo que promete la hija. Habiendo interpretado esto como el deseo de recibir más garantÃas con respecto a las compensaciones, Duncan se dirigió cuidadosamente hacia el lugar en el que descansaban las hermanas, con el propósito de comunicarle el mensaje a Cora.