El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Debes entender la naturaleza de los deseos de un indio —concluÃa Heyward mientras la escoltaba hasta donde estaba el salvaje—, y debes ser generosa en tu oferta de pólvora y mantas. No obstante, los de su estirpe admiran a los de carácter fuerte, de modo que vendrÃa bien que mostrases algo del tuyo, con esa fortaleza de espÃritu tan extraordinaria que tienes. Recuerda, Cora, que de tu templanza y habilidad pueden depender tanto tu vida como la de Alice.
—¡Y la suya también, Heyward!
—La mÃa es de poca importancia; ya he jurado sacrificarla en nombre de mi rey, siendo un premio que cualquier enemigo con suficiente fuerza puede cobrarse. No tengo padre que me espere y son muy pocos los amigos que lamentarÃan mi destino, sobre todo cuando la posibilidad de morir constituye un riesgo común para los de mi vocación. Pero dejemos esa cuestión ahora, que nos estamos acercando al indio. Magua, la dama con la que deseas hablar está aquÃ.
El rodio se levantó lentamente y permaneció de pie, callado, durante casi un minuto entero. Luego le hizo una señal a Heyward para que se retirase, diciéndole con frialdad:
—Cuando el hurón habla con mujeres, su tribu se tapa los oÃdos.
Duncan se mostró reticente, como si no quisiera aceptar tales condiciones, pero Cora le dijo sonriente: