El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Yo? —exclamó el explorador, mientras se erguÃa con aires de orgullo marcial—. No hay muchos lugares entre estas colinas donde no hayan resonado los ecos de mi carabina, ni tampoco hay un solo kilómetro cuadrado, entre el Horicano y el rÃo, en el que mi «mata-ciervos» no haya sembrado un cadáver, bien sea de enemigo humano o de bestia salvaje. En cuanto a lo que dice usted acerca de que la tumba sea tranquila, eso es otra cosa. Los habÃa en el campamento que defendÃan la idea de que un hombre no debe ser enterrado sólo porque esté quieto, sino porque haya dejado de respirar; y lo cierto es que aquella noche, con las prisas, los médicos tuvieron poco tiempo para distinguir entre los vivos y los muertos. ¡Atención! ¿No ve algo caminando por la orilla del estanque?
—No es probable que haya muchas más personas extraviadas en este bosque desolado, aparte de nosotros.
—Salvo que sea un hombre sin más hogar que esa masa de agua, y para quien el rocÃo de la noche no supone estorbo alguno —contestó el explorador, a la vez que se aferraba involuntariamente al hombro de Heyward con una fuerza tan convulsiva que denotaba, a ojos de éste último, lo supersticioso que podÃa llegar a ser alguien tan valeroso.
—¡Por los cielos! ¡Se trata de una figura humana, y se acerca! Todos a sus armas, amigos mÃos, ya que no sabemos con quién nos enfrentamos.