El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Qui vive? —exigió saber una voz sobria y autoritaria, que parecÃa desafiarles desde otro mundo en aquel solemne y solitario lugar.
—¿Qué dice? —susurró el explorador—. ¡No habla en lengua rodia, ni tampoco en inglés!
—Qui vive? —repitió la misma voz, seguida del ruido de carga de un arma y un gruñido amenazador.
—France! —gritó Heyward, saliendo desde la sombra de los árboles hasta la zona de la orilla, quedando a pocos metros del centinela.
—D’oú venez-vous, oú allez-vous, d’aussi bonne heure? —vociferó el granadero en el idioma y el acento propios de un hombre de la vieja Francia.
—Je viens de la découverte, et je vais me coucher.
—Êtes-vous officier du roi?
—Sans doute, mon camarade; me prends-tu pour un provincial! Je suis capitaine de chasseurs —Heyward sabÃa bien que el otro era miembro de un regimiento de lÃnea—. J’ai ici, avec moi, les filles du commandant de la fortification. Aha! Tu en a entendu parler! Je les ai fait prisonières près de l’autre fort, et je les conduis au général.
—Ma foi! Mesdames; J’en suis faché pour vous —exclamó el soldado, mientras se tocó la gorra con gracejo—; mais… fortune de guerre! Vous trouverez notre général un brave homme, et bien poli avec les dames.