El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—C’est le caractère des gens de guerre —dijo Cora, con admirable seguridad en sí misma—. Adieu, mon ami; je vous souhaiterais un devoir plus agréable á remplir.

El soldado le hizo a Cora una humilde reverencia por su cortesía, mientras que Heyward añadió:

—Bonne nuit, mon camarade —y se dispusieron a seguir su camino, dejando al centinela en su puesto de guardia junto al tranquilo estanque, ignoran-te de que había estado hablando con un enemigo de lo más osado. Quedó canturreándose a sí mismo las siguientes palabras, inspiradas por la imagen de las mujeres y por los recuerdos que le vinieron a la mente acerca de su bella y distante patria, Francia: «Vive le vin, vive l’amour», etc., etc.

—¡Se las entendió bien con ese bribón! —susurró el explorador cuando se encontraban a una distancia prudencial, volviéndose a colocar el fusil al hombro—. Me di cuenta enseguida que se trataba de uno de esos franchutes inquietos; tuvo suerte de ser amable y de buen trato, de lo contrario habría encontrado un lugar para sus huesos junto a los de sus compatriotas.

Su discurso fue interrumpido por un prolongado y sonoro quejido que parecía provenir precisamente desde el estanque, como si fuese verdad que los espíritus de los caídos rondaran el lugar de su reposo.


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