El último de los Mohicanos

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—¡Sin duda es la voz de una persona viva! —continuó diciendo el explorador—. ¡Ningún fantasma puede expresar dolor de una forma tan intensa!

—Era la voz de alguien vivo, pero dudo que el pobre diablo lo siga estando —dijo Heyward, mirando a su alrededor y echando en falta a Chingachgook del grupo. Enseguida siguió otro quejido, menos intenso que el anterior, y a continuación se oyó cómo algo pesado había sido lanzado al agua con fuerza. Tras esto, todo se volvió silencioso, como si las aguas del pacífico estanque no se hubiesen alterado desde el día en que fueron creadas. Mientras los del grupo esperaron a ver cuál había sido el resultado, la figura del indio surgió de entre los arbustos. Al reunirse con ellos, con una mano el jefe indio se acoplaba al cinturón la descarnada cabellera del infortunado francés y con la otra volvía a ajustarse tanto el cuchillo como el tomahawk que habían saboreado la sangre de su enemigo. Al hacer esto, ocupó de nuevo su puesto con la dignidad de un hombre convencido de que había hecho algo loable.

El explorador dejó caer un extremo de su carabina al suelo y, colocando las manos sobre la otra, se quedó mirando en profundo silencio. Luego, hizo un gesto negativo con su cabeza y murmuró:


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