El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Un acto cruel e inhumano para un blanco, pero completamente natural para un indio, y supongo que no debe ser cuestionado. Sà habrÃa preferido, no obstante, que hubiese sido un maldito mingo y no ese alegre joven del viejo continente.
—¡Basta! —dijo Heyward, temeroso de que las inocentes hermanas comprendieran la verdadera naturaleza de lo acontecido, a la vez que hizo también un esfuerzo por sobrellevar la repugnancia que le inspiraba la acción—. Está hecho; y aunque habrÃa sido mejor que no fuese asÃ, ya no puede remediarse. Como puede ver, estamos tras las lÃneas enemigas; ¿qué sugiere que hagamos?
—Sà —dijo Ojo de halcón, saliendo de su estado meditabundo—, como usted bien dice, ya nada puede hacerse. En cuanto a los franceses, efectivamente, se han agrupado con mucha concentración alrededor del fuerte, y va a ser difÃcil burlar su vigilancia.
—Y tenemos poco tiempo para llevarlo a cabo —añadió Heyward, mirando hacia arriba, en donde la niebla ya ocultaba la luna en su descenso por el horizonte.
—¡Muy poco tiempo! —corroboró el explorador—. Sólo hay dos maneras de hacerlo; eso sÃ, siempre confiando en la Divina Providencia, sin la cual nada puede lograrse.
—No perdamos tiempo, ¿cuáles son?