El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Una serÃa que las mujeres desmontaran y dejásemos a los anima-les vagar por las llanuras; los mohicanos se adelantarÃan y eliminarÃamos un centinela tras otro a nuestro paso, hasta llegar al fuerte.
—¡No puede ser, no puede ser! —le interrumpió Heyward, preocupado—. Para un grupo exclusivamente formado por soldados serÃa apropiado, pero no si se llevan mujeres.
—En verdad serÃa una experiencia excesivamente sangrienta y peligrosa para tales exponentes de la dulzura femenina —reconoció el explorador, igualmente escéptico—. Pero, como hombre, era mi obligación sugerir este modo como alternativa. Sólo nos queda, por tanto, volver atrás sobre nuestros pasos y salimos de sus lÃneas, acortar luego por el oeste y entrar por las montañas; allà puedo esconderles de tal manera que ninguno de los sabuesos pagados por Montcalm pueda dar con el rastro durante meses.
—Que sea asÃ; hagámoslo deprisa.