El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Un cambio escalofriante también había tenido lugar en la meteorología. El sol había ocultado su calor tras una masa vaporosa impenetrable, mientras cientos de formas humanas que se habían ennegrecido bajo los fuertes calores del mes de agosto ahora quedaban petrificados bajo los fríos de lo que parecía un noviembre prematuro. Las envolventes neblinas que se habían visto dirigiéndose hacia el norte, por encima de las colinas, ahora volvían en forma de una tupida capa que presagiaba tormenta. Las tranquilas aguas cristalinas del Horicano habían dado paso a otras, verdosas y agitadas, que golpeaban contra sus costas, como si quisieran expulsar de su interior las impurezas depositadas en ellas desde la orilla. La fuente de agua clara aún conservaba algo de su encanto, pero tan sólo podía reflejar la sombría oscuridad del cielo gris que se cernía sobre ella. El ambiente fresco y agradable que normalmente acompañaba al paisaje, limando las asperezas de su rústica naturaleza, había desaparecido, y el viento del norte se abría paso a través de la masa de agua de un modo tan violento e inhóspito que no daba lugar a la contemplación, ni tampoco inspiraba la imaginación.