El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Cerca de una hora antes de que se pusiera el sol, el día que ya mencionamos antes, pudieron verse las figuras de cinco hombres saliendo de entre los estrechos espacios de la arboleda, en el lugar donde el camino hacia el Hudson entraba en el bosque. Los cinco avanzaron en dirección a las ruinas de la fortaleza. Al principio, sus movimientos eran lentos y cautelosos, como si les inspiraran prudencia los horrores encontrados en el lugar o temieran que se produjeran otros incidentes semejantes. Una figura de aspecto ligero precedía al resto, sus modos precavidos e inquietos denotaban que era un nativo. Ascendía cada colina en actitud de reconocimiento, para luego indicarles a sus compañeros, por medio de gestos, cuál era la dirección más apropiada. Ahora bien, los que le seguían tampoco carecían de conocimientos en lo que a tácticas de guerra en el bosque se refiere. Uno de ellos, también indio, se movía un tanto hacia uno de los flancos, observando el margen de los bosques con ojos que estaban muy acostumbrados a detectar el menor signo de peligro. Los tres restantes eran hombres blancos, aunque sus vestimentas eran, tanto en su género como en su color, las más indicadas para las labores que habían emprendido, las cuales no eran otras que las de permanecer cerca de un ejército en retirada en medio del bosque.