El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Los efectos producidos por la visión del espeluznante escenario fueron distintos para cada uno de los individuos presentes. El joven que iba delante miró hacia los deformados cuerpos de las víctimas con solemnidad pero de un modo casi furtivo, ya que no deseaba expresar sentimiento alguno mientras avanzaba por la llanura; por otra parte, aún era demasiado inexperto como para asumir toda la trascendencia de tales hechos. Su compañero de la misma raza, no obstante, estaba por encima de esos temores. Pasó al lado de los cadáveres con propósito firme, pero a la vez con una tranquilidad en la mirada que sólo podía ser el producto de muchos y largos años de veteranía. Las sensaciones experimentadas por los hombres blancos eran también distintas entre sí, pero todas igualmente tristes. Uno de ellos, cuyos cabellos blancos y tez curtida, acompañados por su manera de andar marcial y decidida, dejaban entrever, a pesar de su atuendo de hombre del bosque, su larga experiencia en el campo de batalla. Sin embargo, no sentía vergüenza alguna al quejarse en voz alta ante los detalles del horrible espectáculo. El joven a su lado se estremecía ante ellos, pero parecía querer suprimir sus sentimientos por respeto a su compañero. De todos ellos, el rezagado del final del grupo era el único que realmente daba una clara idea de cuáles eran sus pensamientos, sin temor a que éstos fuesen evidentes o no ante los demás. Contemplaba las escenas más desagradables con una mirada y unos gestos completamente inmóviles, pero que sin embargo denotaban la profunda amargura que le provocaba este crimen por parte de sus enemigos.