El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿De qué se trata, muchacho? —preguntó en voz baja el explorador, mientras se agachaba y adoptaba la actitud de una pantera a punto de atacar—. Quiera Dios que sea un franchute rezagado, o que esté buscando objetos de valor entre los cuerpos. ¡El «mata-ciervos» tendrá oportunidad de ponerse a prueba hoy!
Sin mediar palabra, Uncas saltó del lugar y se dirigió a un arbusto, del cual extrajo un trozo de material del velo de Cora, agitándolo triunfante. Sus movimientos y sus gritos llevaron a los demás a su lado inmediatamente.
—¡Mi hija! —dijo Munro, hablando deprisa y muy nervioso—. ¡Encuentra a mi hija!
—Uncas lo intentará —respondió escueta, aunque sinceramente, el joven indio.
Esta simple pero noble garantÃa no pareció calmar al padre, que cogió el trozo de tela con fuerza mientras sus ojos recorrÃan con temor los arbustos, como si el deseo de averiguar la verdad y el miedo a saberla formaran un solo impulso en su interior.
—No hay muertos por aquà —dijo Heyward—; no parece que la tormenta haya arrasado esta zona.