El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Es verdad; está más claro que el cielo sobre nuestras cabezas —contestó el explorador, impasible—; pero ella, o aquéllos que la han secuestrado, han atravesado la maleza; ya que recuerdo la prenda que la muchacha llevaba puesta para ocultar un rostro que a todos agradaba. Uncas, tienes razón; la de cabellos oscuros ha estado aquà y ha huido, como un venado asustado, bosque adentro. Todo el que hubiera podido escapar a la muerte lo hubiera hecho también. Busquemos las señales que haya podido dejar; a los ojos de un rodio, incluso un diminuto colibrà deja algún rastro que seguir.
El joven mohicano se puso en marcha nada más oÃr la sugerencia, y el explorador apenas habÃa dicho la última palabra cuando el indio lanzó un grito de triunfo desde el margen boscoso. Al llegar allÃ, los inquietos componentes restantes del grupo se encontraron con otra porción del velo ondeando en la rama más baja de un arbusto.
—Con tranquilidad —dijo el explorador, indicándole a Heyward con su carabina que no se precipitara—. Conocemos bien nuestro trabajo, y el rastro debe seguirse cuidadosamente. Un paso en falso puede echar a perder horas enteras de rastreo. No obstante, hasta aquà todo parece claro.
—¡Que Dios le bendiga, buen hombre! —exclamó Munro—. ¿Hacia dónde, pues, han huido? ¿Dónde están mis niñas?