El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —El camino que hayan podido tomar depende de muchos factores. Si se han ido solas, es probable que estén moviéndose en cÃrculo, sin rumbo fijo, pudiendo estar a dieciocho kilómetros de distancia; pero si los hurones, o cualquier otra tribu de indios franceses las tienen retenidas, podrÃan estar en las fronteras canadienses. De todos modos, eso no es lo importante —apostilló el explorador, al ver la expresión desesperada de los rostros de sus interlocutores—. ¡Si los mohicanos y yo estamos a este extremo del rastro, pueden estar seguros de que daremos con el otro, aunque esté a cien leguas de aquÃ! ¡Con cuidado, Uncas! ¡Muestras la impaciencia propia de un colono blanco; te olvidas de que los pies ligeros dejan huellas poco profundas!
—¡Hugh! —exclamó Chingachgook, quien se habÃa ocupado en examinar una abertura hecha a través de la madreselva que circundaba al bosque, la cual habÃa sido hecha a propósito. El indio se levantó y señaló hacia ella con repugnancia, como aquél que hubiera descubierto una serpiente.
—He aquà la evidente huella de un hombre —gritó Heyward, inclinándose sobre el lugar—. Ha estado caminando por la orilla del lago y su marca está clara. Las muchachas han sido raptadas.