El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Mejor eso que morirse de hambre en el bosque —recalcó el explorador—. Además, asà dejarán más rastro. ¡ApostarÃa cincuenta pie-les de castor contra otros tantos fulminantes que los mohicanos y yo entraremos en sus tiendas de campaña antes de que pase un mes! Sigue con ello, Uncas, intenta seguir las huellas de mocasÃn, ya que son claramente de mocasÃn y no de zapato.
El joven mohicano se agachó sobre el terreno y apartó unas cuantas hojas secas del lugar para estudiar la superficie; cosa que hizo con la diligencia propia de un contable que no se fiara de las cantidades aparecidas sobre una factura. Poco después, se levantó satisfecho de su escrutinio.
—Bien muchacho, ¿qué es lo que has averiguado? ¿Puedes sacar algo en claro de todo ello? —exigió saber el ansioso explorador.
—¡Le Renard Subtil!
—¡Ja! ¡Otra vez ese diablo malnacido! Su pillaje no tendrá fin hasta que el «mata-ciervos» le haga rendir cuentas.
Muy a pesar suyo, Heyward reconoció la verdad de lo dicho, aunque también dejó lugar para la esperanza al decir:
—Un mocasÃn es igual que cualquier otro, puede haber un error.