El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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—¿Un mocasín como cualquier otro? Es como decir que un pie es igual que cualquier otro; pero sabemos que unos son largos, otros cortos; unos anchos, otros estrechos; algunos son altos de empeine, otros son bajos; unos pisan hacia dentro, otros hacia afuera. Un mocasín es tan distinto a otro como lo son dos libros diferentes, aunque los que no sepan leer uno tampoco puedan hacerlo con el otro. Todo ha de ser así en la vida, ya que cada cual entiende de lo suyo. Déjame verlo, Uncas; si dos personas pueden opinar sobre un libro, también puede hacerse lo mismo respecto a las huellas de mocasín —el explorador se inclinó para comprobarlo y añadió al momento—: Tienes razón, muchacho, aquí aparece la marca del parche que tantas veces observamos durante la anterior persecución. Además, el bribón tiende a beber siempre que le dan oportunidad para ello; un indio borracho pisa más hacia afuera al andar de lo que lo haría cualquier otro indio, al igual que cualquier hombre ebrio, sea de piel blanca o roja. ¡También coinciden la longitud y la envergadura! Míralas, sagamore, tú mismo las mediste más de una vez cuando íbamos detrás de los bellacos desde las cataratas de Glenn hasta el manantial de salud.

Chingachgook le complació; y tras llevar a cabo su breve examen de las huellas, se levantó y, con firmeza serena, pronunció una sola palabra:

—Magua.


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