El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Bien, ya está claro; por aquà han pasado la de cabellos oscuros y Magua.
—¿Y qué hay de Alice? —preguntó Heyward.
—De ella aún no tenemos pistas —le contestó el explorador, mirando hacia los lados, en dirección a los árboles, los arbustos y por todo el suelo—. ¿Qué tenemos all� Uncas, tráeme aquello que se ve colgando de ese arbusto espinoso.
Cuando el indio se lo trajo, el explorador lo recibió con alegrÃa; y sosteniéndolo en alto, se rió para sus adentros con satisfacción.
—¡Es el instrumento musical del cantante! Ahora tenemos un rastro que podrÃa seguir hasta un sacerdote —dijo—. Uncas, busca las huellas de un zapato lo bastante largo como para soportar un metro noventa de carne y hueso desproporcionados. Empiezo a pensar que el hombre aún puede valer para algo, desde que dejó de vociferar y asumió un oficio mejor.
—Al menos, ha permanecido fiel a su deber —dijo Heyward—; además, Cora y Alice tendrán un amigo cerca.