El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Claro —apostilló Ojo de halcón, apoyándose sobre su carabina y adoptando un gesto de disgusto—, ¡les cantará de vez en cuando! Pero ¿podrá cazarles un gamo para comer, guiarse por el musgo de los árboles, o cortarle el cuello a un hurón? Si no es asÃ, el primer ruiseñor con el que se encuentre será más listo que él[25]. ¿Y bien, muchacho, hay alguna señal que confirme nuestra sospecha?
—Aquà hay algo que parece la huella de un zapato; ¿puede tratarse de nuestro amigo?
—Toque las hojas con suavidad, de lo contrario deformará su aspecto. ¡SÃ! Es la huella de un pie, pero se trata del de la chica de cabellos oscuros; miren lo pequeña que es, a pesar de ser del pie de una mujer alta y elegante. Sólo el tacón de la huella del cantante ya la abarca por completo.
—¡A ver! Déjenme ver las pisadas de mi hija —dijo Munro, apartando los arbustos e inclinándose con ternura para comprobar la impresión casi imperceptible que habÃa en el suelo. A pesar de ser una huella hecha bajo muy poco peso, aún podÃa distinguirse. El anciano soldado la observó con ojos humedecidos; se quedó en esa posición hasta que Heyward vio cómo una de sus lágrimas habÃa caÃdo sobre la pisada. Para no causarle más vergüenza al veterano, asà como para iniciar ya una acción de rescate, le dijo el joven soldado al explorador: