El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —Ahora que estamos en posesión de rastros infalibles, comentemos nuestra marcha. No perdamos ni un minuto, ya que les parecerán siglos a los cautivos.
—No es el ciervo que salta más rápido el que llega antes a su destino —le contestó Ojo de Halcón, sin apartar su mirada de las distintas señales que iban apareciendo ante él—. Sabemos que el hurón ha pasado por aquÃ, asà como la de cabellos oscuros y el cantante; pero ¿qué hay de la de cabellos dorados y ojos azules? Aunque es pequeña y no llegue a ser tan valiente como su hermana, es de aspecto agradable y de buen trato. ¿Acaso no tiene amigos, ni nadie que se haya ocupado de ella?
—¡Por Dios, los tiene a centenares! ¿Es a ella a quien hemos de buscar ahora? Por mi parte, la búsqueda nunca podrÃa terminarse sin encontrarla.
—En ese caso, es posible que tengamos que viajar por caminos diferentes; ya que por aquà no ha pasado; de lo contrario habrÃa dejado alguna huella, por muy leve que fuese.
Heyward se calló; todo el entusiasmo por emprender la búsqueda pareció disiparse de golpe en él. Sin percatarse de este cambio de humor en su interlocutor, el explorador, tras una meditabunda pausa, añadió: