El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Observe a tan noble individuo! —le susurró Ojo de halcón a Heyward, cogiéndole del brazo—. Sabe bien que una mirada o un movimiento repentino darÃa al traste con nuestros planes y nos pondrÃa a merced de esos diablos.
Sus palabras fueron interrumpidas por una ráfaga luminosa y una descarga de fusil. La oscuridad se llenó de fogonazos allà por donde Heyward, sobrecogido y atónito, estaba mirando. Luego se dio cuenta de que Chingachgook habÃa desaparecido entre todo el ajetreo. Mientras tanto, el explorador habÃa colocado su fusil en ristre, preparado para intervenir, esperando con impaciencia que algún enemigo se pusiera a la vista. No obstante, el ataque parecÃa haberse reducido al frustrado intento de acabar con la vida de Chingachgook. En una o dos ocasiones les pareció percibir ruidos de movimiento entre la maleza, y que ciertas formas indefinidas pasaban rápidamente de largo, poco antes de que Ojo de halcón señalara el camino por donde huyeron los intrusos a modo de «lobos espantados». Tras una pausa casi insostenible, se oyó un fuerte chapuzón en el agua, inmediatamente seguido de otra descarga de fusil.
—¡Ése es Uncas! —dijo el explorador—. ¡El chico porta un arma muy particular! Conozco bien el sonido de sus disparos, al igual que un padre conoce la voz de su hijo, pues era mi arma hasta que me hice con otra mejor.