El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El explorador se colocó los dedos en la boca y produjo un sonido muy característico, que emulaba al de una serpiente; tanto fue así, que Heyward retrocedió alarmado durante un momento. Chingachgook tenía la cabeza apoyada sobre una mano, en actitud pensativa; pero en cuanto oyó el sonido que imitaba al animal cuyo nombre le correspondía, la levantó y dirigió su oscura mirada por todos los alrededores. Este breve y quizá involuntario movimiento fue la única expresión que aparentaba sorpresa o alarma en él. No echó mano a su fusil; ni siquiera miró hacia él, aunque lo tenía a su alcance. Incluso permitió que el tomahawk que portaba suelto en su cinturón descansara sobre el suelo, mientras relajaba todos los músculos de su cuerpo, dando la sensación de que estaba dispuesto a descansar. Volvió a adoptar la posición inicial, apoyando la cabeza sobre una mano, pero habiendo tomado la astuta decisión de cambiar de mano para hacer creer que se trataba de un movimiento que permitiese descansar a la otra. Así, el nativo aguardó cualquier posible novedad con una tranquilidad y una frialdad que sólo un guerrero indio podría demostrar.
Pero Heyward apreció que, aunque para un observador inexperto el rodio parecía dormitar, sus fosas nasales estaban tensas, su cabeza estaba ligeramente ladeada, como si quisiera escuchar algo, y sus miradas fugaces se notaban cada vez que las dirigía a su alrededor.