El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Qué puede significar todo esto? —exigió saber Duncan—. Nos tienen vigilados; y, al parecer, nos quieren matar.
—Ese plomo que hay sobre el atizador puede asegurarnos que no venÃan en son de paz, y ese indio dará fe de que no se ha hecho ningún daño —le contestó el explorador, colocando su fusil de nuevo en postura de descanso, mientras se disponÃa a acompañar al recién aparecido Chingachgook hasta el interior de las ruinas—. ¿Cómo está la cosa, sagamore? ¿Nos tienen rodeados los mingos, o se trata simplemente de uno de esos reptiles rezagados que busca las cabelleras de los cadáveres para presumir de valentÃa ante las mujeres de su tribu?
En silencio, Chingachgook volvió a tomar asiento. No le dio respuesta alguna hasta que hubo terminado de examinar el atizador con el que avivaban el fuego, el cual habÃa recibido el impacto de la bala que iba dirigida contra él. Tras esto, se dignó en responder, utilizando un dedo como señal numérica y pronunciando una sola palabra:
—Uno.