El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Heyward fue testigo maravillado de estas impresionantes muestras de indiferencia, las cuales no hacían sino estimular su curiosidad. Tenía la sensación de que los hombres del bosque estaban dotados de una inteligencia especial de la cual él carecía. En lugar de contar sus experiencias con orgullo y hasta con exageraciones, como lo haría la mayoría de los jóvenes blancos, el joven guerrero indio no dijo una sola palabra acerca de lo que aconteció en la oscuridad de la explanada, dejando que sus hazañas hablen por sí mismas. De hecho, para un indio no era ni el momento ni el lugar para presumir de sus actos; tan es así, que si Heyward no hubiera preguntado acerca de la cuestión, no se habría pronunciado una sola sílaba al respecto.
—¿Qué ha sido de nuestro enemigo, Uncas? —preguntó Duncan—. Oímos tu fusil y tuvimos la esperanza de que el disparo no fuera en vano.
El joven jefe indio levantó un pliegue de su fajín con cuidado, revelando la consabida mata de cabello que simbolizaba la victoria. Chingachgook cogió la cabellera y la sostuvo en la mano con gesto analítico. A continuación la dejó caer con desprecio, mientras afirmaba:
—¡Oneida!