El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¡Oneida! —repitió el explorador, quien hasta ese momento habÃa demostrado tan poco interés en el asunto como los nativos, pero que ahora cambiaba de parecer y se acercaba al ensangrentado trofeo con gran curiosidad—. ¡Por la gracia del Señor, si los oneidas están al acecho, estaremos rodeados de diablos por todas partes! Mire, para los ojos de un blanco este trozo de piel no presenta diferencias con respecto a la de cualquier otra de raza india, no obstante, el sagamore asegura que pertenece a un mingo; es más, incluso llega a nombrar la tribu a la que pertenecÃa el desgraciado, y lo hace como si, en vez de una cabellera, se tratase de la hoja de un libro con esa información escrita sobre ella. ¿Qué derecho tienen los cristianos blancos de presumir de sabidurÃa, cuando un salvaje puede descifrar algo que supera al más sabio de todos ellos? Y tú, muchacho, ¿qué opinas?; ¿de qué tribu era el bribón?
Uncas levantó la mirada hacia el explorador y le dijo, con voz suave:
—Oneida.
—¡Oneida, de nuevo! Cuando un indio afirma algo, suele ser verdad; pero cuando los de su pueblo le apoyan, ¡resulta tan seguro como las Sagradas Escrituras!
—El desafortunado nos tomarÃa por franceses —dijo Heyward—; de otro modo no habrÃa atentado contra la vida de sus aliados.