El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Confundir la pintura de un mohicano con la de un hurón? SerÃa como no poder distinguir entre los uniformes blancos de los granaderos de Montcalm y las casacas rojas de las reales fuerzas americanas —le contestó el explorador—. No, no, el gusano sabÃa lo que hacÃa; tampoco serÃa de extrañar que lo intentara, ya que no hay mucha amistad entre un delaware y un mingo, sean cualesquiera los bandos por los que luchan en una guerra entre blancos. Es más, aunque los oneidas estén al servicio de su sagrada majestad, mi propio rey soberano, no habrÃa vacilado en dejar que el «mata-ciervos» descargara sobre el indeseable, si hubiese tenido la oportunidad.
—Ése habrÃa sido un acto contrario a los tratados en los que nos hemos comprometido, además de una acción poco digna de usted.